El Antropoceno en breve: la propuesta de una nueva época geológica en la que los seres humanos somos la principal causa de cambio planetario permanente.

“El mundo con el que cada uno de nosotros se siente más íntimamente en casa es el de los seres con historias que tienen un papel en nuestra historia, a quienes podemos ayudar en sus vicisitudes mientras nos ayudan en las nuestras” (William James, Un universo pluralista, 1909).

¿Qué es el Antropoceno?

¿Estamos adentrándonos en una nueva época en nuestras relaciones con nuestro planeta Tierra? Esa es la idea tras el neologismo “Antropoceno”: la humanidad ha entrado, junto con el planeta, en una nueva época geológica, causada precisamente por el impacto ocasionado por nuestras actividades. El agua, el suelo y la atmósfera padecen los efectos desestabilizadores de nuestro desarrollo como especie. El sistema Tierra está siendo alterado en su conjunto. Se modifica el clima, la geomorfología (la forma de la superficie terrestre), la biosfera (el conjunto de los seres vivos y sus hábitats) y, en fin, todos los ciclos biogeoquímicos que hacen posible la vida en nuestro mundo.

 

“Antropoceno” viene de la unión de las palabras griegas ἄνθρωπος (‘anthropos’, ‘ser humano’) y καινός (‘kainos´ (‘nuevo’, aquí en el sentido de ‘nueva época’). Es un término propuesto desde hace unos años por un número creciente de investigadores de la comunidad científica, de distintas especialidades. Primero con el objetivo de designar una nueva época geológica, que sucedería al Holoceno, en el que todavía nos hallamos oficialmente. Segundo, para hacernos reflexionar sobre las nuevas interdependencias globales que se establecen entre las actividades de nuestra especie y el funcionamiento de los sistemas naturales a escala planetaria.

Algunos ejemplos de fenómenos antropocénicos

La conquista y colonización de América por parte de los europeos provocó una gran mortandad entre la población indígena debido, entre otras causas, a la transmisión de enfermedades para las que no estaban preparados, como la viruela. En pocas décadas del siglo XVI murieron la escalofriante cifra de alrededor de 50 millones de personas. Como resultado, los bosques de América y otro tipo de vegetación comenzaron a crecer. Recogieron tanta cantidad de CO2 como para que se produjera, hacia 1610, una fuerte caída de dicho gas en la atmósfera, lo que ha quedado recogido en registros de hielo antártico.

Los isótopos radiactivos procedentes de las detonaciones nucleares de pasadas décadas, pero también los residuos de las centrales nucleares y de otras instalaciones, ya pueden ser considerados unos de los indicadores más importantes y simbólicos del Antropoceno. Unos se encuentran asentados en el suelo terrestre; los otros, se hallan confinados, supuestamente a buen recaudo, en almacenamientos superficiales y geológicos profundos que habrán de acogerlos durante miles de años.

Los huesos de pollos formarán parte de los estratos con los que se encuentren los futuros paleontólogos y geólogos. La razón es que el pollo es la especie de animal doméstico más extendida. Se crían en el mundo alrededor de 23.000 millones de pollo de engorde para ser consumida por los humanos. También encontrarán un tipo de fósil muy distinto: restos de artefactos construidos por nosotros. Los “tecnofósiles” ya se están formando.

Asistimos a lo que se denomina la “sexta extinción”. Es una extinción masiva de especies, de la que el ser humano es el principal responsable: las especies salvajes disminuyen en una proporción alarmante. Hace algo más de 10.000 años, antes de que comenzara la revolución agrícola del Neolítico, las especies salvajes de animales representaban el 99% por ciento de la biomasa animal total, mientras que la población humana apenas alcanzaba el 1%. En la actualidad, los humanos somos el 30-36%, el 60-67% lo constituye el ganado y solo el 3-4 % restante son animales salvajes.

 

 

 

 

 

Los desechos de plástico se encuentran en diferentes tamaños en tierras y mares. Invisibles partículas de plástico quedan enterradas en los sedimentos, pero también se desplazan a merced de las corrientes.  De las aguas, pasan a los peces y acaban en nuestros cuerpos. Los materiales plásticos exceden la biomasa humana. Hay plástico suficiente para envolver el planeta, como si se tratara de un producto del supermercado.

Los deltas de los ríos y las líneas de costa alteradas; los terrenos sometidos a los efectos de las actividades mineras, los suelos dedicados a las viviendas, las autopistas, los aeropuertos, los diques, las instalaciones portuarias… Las construcciones, en fin, de todo tipo modifican sin cesar la superficie del planeta. El hormigón existente hoy en día ya podría cubrirlo por entero (¡con permiso de los plásticos!). La huella geomorfológica producida por nuestra especie puede contemplarse desde el espacio.

 

Hasta el siglo XIX el uso de las sillas era escaso y a menudo se reservaba para personas con cierto rango social. A partir de la revolución industrial se va extendiendo el número de sillas, y sobre todo a partir del aumento continuo de empleos de oficinista, en detrimento de los trabajos de producción en las fábricas. Actualmente hay en e mundo alrededor de diez sillas por cada persona. Asociadas a un sinfín de problemas de salud, algunos sugieren que las sillas podrían llegar a constituir el símbolo del ser humano del Antropoceno, un ser con altísima movilidad, pero sentado: la época del “homo sedentarius”.

¿Qué significa vivir en el Antropoceno?

Diez mensajes que la propuesta del Antropoceno nos lanza:

• La huella humana en la Tierra es ya irreversible. No es una cuestión solo de impactos locales o en todo caso circunscritos a algunas áreas geográficas, sino que afecta a la totalidad del planeta. Ahora bien, cada ser humano tiene distinto grado de responsabilidad tanto a la hora de producir esos impactos como a su capacidad de actuación sobre ellos.

• Se plantea una situación paradójica: tomamos conciencia de la influencia del ser humano en el planeta en su conjunto justo para darnos cuenta al mismo tiempo de que no tenemos el control absoluto del mismo, de que unos procesos naturales desestabilizados “se nos vienen encima”.

• El “fin de la naturaleza”: la naturaleza como entidad completamente independiente de nosotros se encuentra en cuestión, al igual que la supuesta autonomía de nuestra especie. Habría que pensar más bien en un despliegue de agencia humana y no humana, de complejas y variadas dinámicas de interdependencia.

• La historia humana y la natural, durante mucho tiempo en apariencia separadas, se entremezclan de nuevo. La naturaleza ya no es el trasfondo en el que se representan nuestros dramas, sino que cobra un papel protagonista. Entramos en la “geohistoria”.

• La globalización, con la que ya estamos familiarizados, es un concepto básicamente espacial (el globo, el planeta en su extensión), mientras que el Antropoceno nos sitúa en la dimensión temporal. Las relaciones entre los seres humanos, las tecnologías y la naturaleza hay que contemplarlas en ambas dimensiones: como una red que se extiende sobre la superficie del planeta y como una red que va desplegándose (o destruyéndose) a lo largo del tiempo, unas veces más lentamente, otras de manera acelerada.

• El Antropoceno significa una crisis ecosocial, global y duradera. Con todo, hay un encendido debate y guerra de datos sobre las cosas que están mejorando y las que están empeorando, y sobre lo que podemos (y debemos) hacer al respecto.

• Antropocenistas y misantropocénicos. Ante el advenimiento del Antropoceno, hay dos posturas enfrentadas. Los “antropocenistas” o partidarios del “Antropoceno bueno” (“o buen Antropoceno”) confían en la inteligencia y capacidades humanas para controlar los problemas de esta nueva época. Los “misantropocénicos” tienen una visión pesimista o incluso catastrofista (“apocalíptica”).

• Frente a esas dos posturas extremas, es posible una posición más equilibrada: ni ceder a una visión catastrofista ni tampoco ser demasiado autocomplacientes respecto a las capacidades de la Humanidad para encarar esta nueva época. Hay que ir paso por paso, construyendo esas relaciones sobre bases duraderas de colaboración.

• Necesitamos nuevos relatos, historias o narrativas que den cuenta del Antropoceno, para que podamos comprenderlo, otorgarle significado, reflexionar sobre los cursos de acción a seguir.

• Para comprender el Antropoceno, entran en conflicto las cosmovisiones humanistas, posthumanistas y transhumanistas. Cada una de ellas tiene sus elementos valiosos para aportar, pero también sus puntos débiles y hasta preocupantes peligros. Por estas y otras razones, el Antropoceno resulta ser un concepto que, a pesar de los aspectos polémicos que presenta, vale la pena explorar, tanto por parte de las comunidades de expertos y académicos de muy diversos campos, como por la ciudadanía en su conjunto.

Por estas y otras razones, el Antropoceno resulta ser un concepto que, a pesar de los aspectos polémicos que presenta, vale la pena explorar, tanto por parte de las comunidades de expertos y académicos de muy diversos campos, como por la ciudadanía en su conjunto.